El miércoles me ofrecía una experiencia ineludible, bien por
turbadora o por satisfactoria. A las cinco, por 3’70, El Lobo de Wall Street de
Scorsese en los multicines de los Cantones y a las ocho y media, por 60
céntimos, doble sesión con El Señor y Dispongo de Barcos de Cavestany en el
CGAI. El contraste entre las dos propuestas, a modo de ducha escocesa, me iría
(y me fue) bien para reactivar mi circulación y tonificar mi epidermis cerebral.
Tanto es así que ahora me veo abocado a las teclas para explicar de qué modo se
complementó el visionado de la película de Scorsese con el mediometraje de
Cavestany, El Señor*. Dos películas en las antípodas de la creación.